mis recuerdos, patículas minúsculas

La casa está en esa penumbra que queda cuando la tarde se termina y no ha entrado la noche. Yo tengo una escoba en la mano e intento darte una lección sobre cómo barrer porque vos insistís en que es demasiado difícil. Hacemos un par de movimientos y quedás frente a mí. Tu mano tiembla cuando me acaricías la mejilla, me ves a los ojos, te acercás para besarme y tus labios también tiemblan un poco. Lo demás fue cerrar los ojos. A veces la ternura era difícil entre nosotros, pero llenaba todos los espacios en que no cabían palabras. Mis recuerdos son estas pequeñas partículas de tiempo que llenan el reloj de arena de los días que fueron.

Debería decirte

No quiero que la noche me encuentre pensando en vos y sin embargo, me encuentra. Tu sonrisa tiene el poder de hacerme olvidar lo irrealizable de mi utopía. Tu voz tiene la cualidad de hacerme imaginar historias largas, largas en las que el héroe atravieza miles de obstáculos pero al final todo le sale bien. Quisiera encontrar pretextos para llamar tu atención, fórmulas para hacerte saber que existo, pero soy muy torpe. Soy de ese tipo de personas que no saben andar por el mundo sin chocarse con los muros y derramar las bebidas. Soy torpe, sobre todo, para decir las cosas. No quiero que la noche se me pase pensando en vos, sin embargo, se me pasa.

hasta hace tan poco

Hasta hace un par de horas todo estaba claro en mi cabeza. Supongo que el cansancio por una noche de sueños extraños lo redujo todo a esta versión bastante más pedestre de “no hago otra cosa que pensar en ti”. Me distraigo viendo fotos de tatuajes que podría hacerme, me distraigo oyendo a Vince Guaraldi Trio tocar “Fly me to the moon”, me distraigo buscando películas que podríamos ver, entonces recuerdo que ese es el problema, porque tengo demasiadas ganas de verte y no sé si vos. Me distraigo con la nostalgia para perderle el miedo a lo que vendrá; quizás vos también tengás ganas de ir al cine conmigo.

son casi las 7

Una especie de latido en mi cabeza me dice que si estuviera en otro lado tendría más posibilidades de encontrarte. Estoy a punto de hacerle caso a ese rumor en mi sien cuando recuerdo que no tengo a dónde ir, que son casi las siete y ya no te busco desde hace unas semanas. Intento no caer en la tentación de poner canciones de Silvio para cantar dentro de mi garganta, a voz bien bajita, “ya no te espero”. Estás a punto de materializarte como recuerdo cuando decido dejarme llevar por la angustia, sólo por un par de minutos. Prefiero llorar por cualquier video sentimentaloide que devolverte el estatus de pensamiento activo en mi tarde. Quizás sea buena idea salir a caminar, ponerme en movimiento, ignorar que este par de audífonos funcionan como ancla y dejarme caer.

Entonces

Decidí dejar de escribirte y no supuse que eso me llevaría a dejar de escribir por completo. No podía imaginar en ese momento que mi mundo estaba tan lleno de vos, no quería admitir que mi mundo estaba tan lleno de vos, supongo que siempre quise convencerme de vos como ausencia, como mero espejismo de mis tardes sin café. Antes dejé de hablar de vos, dejé de aburrir a mis amigos con las teorías de la conspiración que te acercaban o alejaban de mí, dejé de inventar historias en que llegabas a buscarme y éramos felices. No pensé estar tan cerca de ese punto al siencio. Después empecé a pensar en vos con otros nombres, a ponerle disfraces a mis ganas de encontrarte. Entonces aprendí a extrañarte con todas las letras de tu nombre, con todas las lectras del silencio y lo que no te escribo.

Yo nunca, nunca...

Yo nunca, nunca he sido de esas que se cuelgan del cuello de su novio mientras dan grititos de júbilo y le dicen “mi amor, qué bueno”. Quizás porque pocas veces he salido con tipos mucho más altos que yo; quizás porque nunca he sido pequeñita y fragil. Me hubiera gustado ser pequeña, no hablo de ser delgada, hablo de ser una de esas muchachitas que parecen tan vulnerables y que los novios parecen tener tantas ganas de cuidar. Quizás tenga razón Miranda July en su cuento Roy Spivey, porque la protagonista dice ser alta y tener la necesidad de parecer pequeña para él: “En realidad no es pequeño, pero todos somos niños mientras dormimos. Por esta razón, siempre dejo que los hombres me vean dormida desde el principio de nuestra relación. Les hace darse cuenta de que, aunque mido 1.80, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede percibir la debilidad de un gigante sabe que es, en efecto, un hombre. Pronto, las mujeres pequeñas lo hacen sentir casi amanerado y, he aquí, ahora le gustan las mujeres altas.” Pero tampoco soy tan alta. Yo nunca, nunca he sido de esas que se ponen tacones a diario y que no pueden salir de su casa si no están bien arregladas y maquilladas. Quizás porque siempre me he engañado pensando que voy a encontrar a ese que me querrá con lo despeinada que soy, que verá adentro de mis ojos todo lo que necesita ver. Yo nunca, nunca logré que te enamoraras de mí, aún con todas las cartas, con todas las historias, con todas las ganas que te tenía, supongo que nunca, nunca logré conmoverte. Yo nunca, nunca pensé que me iba a cansar de esperar a que aparcieras al cruzar en cualquier esquina y, he aquí, que he estado pensando que nunca, nunca te encontraré, que vos ni me estás buscando. Quizás porque buscás a una mujer pequeña y fragil, que se maquilla todos los días y usa tacones, que se puede colgar de tu cuello mientras da grititos de júbilo y a la que no le gustaría, ni de broma, un cuento de Miranda July. Yo nunca, nunca creí que te perdería la esperanza pero últimamente los nuncas me llegan en futuro en lugar de pasado.

Así que esto es

Así que esto es la nostalgia física, pensó. Saber que puedo subir ese puente y cruzar a la derecha y luego a la izquierda para llegar a tu casa pero que no importa si sigo de largo porque de todas formas no te voy a encontrar ahí.

Así que esto es lo definitivo, pensó. Saber que no estás en las fotos de mi cumpleaños o del viaje a la selva, saber que estabas solo en un café del otro lado del mundo y yo estaba sola en la sala de mi casa, derrumbada en un sillón viendo una película vieja que pasan cada año para navidad y que se me iba a ocurrir llamarte hasta muchos días después.

Así que esto es lo que no te cuento, pensó. Saber que hace meses que no te respondo el último correo porque no sé por dónde empezar.

No pertenece

Algo en tus fotos me dice que no volverás
tengo la certeza de vos en una ciudad con puentes
la certeza de madrugadas venideras sin luces bajas
supongo que lo que más me preocupa
es mi noción de no pertenecer al mundo cuando tu mundo es otro
el vacío de la butaca de al lado recordándome que no estás
el silencio de las cosas que no te cuento
saber que podría cruzar en alguna calle y llegar a tu casa
saber que aunque cruce no te encontraré

Mi primer libro

Alguien en el mundo piensa en mí

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